NOTAS EN PAGINA ESTUDIANTES

La materia propone recuperar el análisis de las clases sociales como fundantes de la constitución de las desigualdades naturalizadas en la modernidad (capitalista). En particular se propone la reflexión sobre las clases populares y sus reconfiguraciones contemporáneas, y se pone en el centro del análisis su economía, la economía popular.

El recorrido propuesto hace ineludible la reflexión sobre la posición de clase de la academia, institución que acumula un enorme capital simbólico que le permite mantener una posición de privilegio en los procesos de enclasamiento/desclasamiento de las clases populares como así también en el establecimiento de lindes internos.

Se propone también brindar a los estudiantes elementos conceptuales, epistemológicos, metodológicos y procedimentales para la investigación socio territorial.


 

Propuesta y fundamentos

Tradicionalmente la relación entre capital y trabajo definió los limites primordiales de las clases sociales fundamentales: capitalistas y clase trabajadora/obrera/asalariada o también, en términos políticos, clases populares. En las últimas décadas se asistió a un proceso de recomposición de estas últimas, en correspondencia con reconfiguraciones del trabajo asalariado, que en nuestro país se iniciaron con el Proceso militar que tomó el poder en la década de 1970 y que se consolidaron con las reformas de la hegemonía neoliberal de la década de 1990.

Desde ese período se identifica la emergencia una clase popular que Kessler, Svampa, y González Bombal denominan “plebeya”, y que encuentran su especificidad en el desarrollo de redes de supervivencia que surgieron como consecuencia de esas reformas. Esta “clase plebeya” ha sido analizada desde perspectivas diversas: se ha encontrado allí una manifestación provisoria de los reacomodamientos del capitalismo (un “mientrastanto” que debe volver a ingresar a los parámetros de la sociedad salarial en los términos que la define Castel), se ha analizado desde la perspectiva de la informalidad (característica de los trabajadores de esta clase plebeya, pero que no los define como tales), se la ha considerado como una porción “excluida” de la sociedad (renegando de los principios fundacionales de la sociología establecidos por Durkheim, equiparando exclusión del mercado de trabajo protegido con exclusión de la sociedad) y también ha sido objeto de una mirada “pobrista” cuyos análisis ponen la carencia en el centro y que muchas veces supo encontrar allí como específico lo que es propio de la sociedad (ej.: redes de sociabilidad territorializada).

También se ha encontrado en esta clase la base para un proyecto político impulsado originalmente por la academia, y que luego fue incorporado a políticas públicas que buscaron darle sustento. Se trata de aquellas propuestas que ven en el mundo popular otras formas de organización económica (no capitalistas), tales como la economía social o solidaria, y orientan el debate hacia la formación de un sector urbano de resistencia que pueda sobreponerse a los avatares de la racionalidad capitalista, garantizando su reproducción ampliada a partir de la presencia de mecanismos de reciprocidad y solidaridad que representan formas específicas de integración e intercambio y configuran formas de protección alternativas a las del trabajo.

Se propone una perspectiva alternativa a las expuestas arriba, que recupere el diálogo entre teoría y empiria, en tanto se propone como objeto de análisis las clases populares realmente existentes procurando comprender la racionalidad de las estrategias de los actores desde su propia perspectiva (y ello requiere la recuperación de la investigación territorial como actividad primada de las ciencias sociales en general y de la sociología en particular). Estas clases populares “plebeyas” están unificadas por: a) un modo singular de relación con el Estado, b) una ubicación subalterna en el espacio geográfico y c) un modo de inserción en la estructura productiva que los excluye de los parámetros de la sociedad salarial definida por Castel, pero sin que, por ello, dejen de ser funcionales al desarrollo capitalista.

Estas clases plebeyas pueden construirse como colectivo a partir de algunas características compartidas, y existe una de ellas en particular que permite trazar un límite de sus lindes: su posición subalterna, señalada por Adamovsky, lo que, en términos de Pierre Bourdieu, significa su exclusión del campo del poder. Esta relación fundamental de subordinación puede definir a este grupo como clase.

Sin embargo, la posición subordinada —que implica una definición por la negativa— es una condición necesaria pero no suficiente para delimitar las fronteras que permiten hablar de clases populares. Debe mencionarse otra condición que recupera uno los principios epistemológicos fundamentales de la sociología y que ha reafirmado Bourdieu en sus trabajos: las clases sociales existen objetivamente. La objetividad de las clases sociales corresponde a clases de condiciones de existencia, establecidas por la posición que ellas ocupan en el espacio social. La pertenencia a las distintas clases puede operacionalizarse a partir de las prácticas y de las propiedades de los agentes que las constituyen, propiedades en todos sus sentidos: como posesiones y como cualidades.

Las prácticas se realizan en las estrategias de reproducción de los hogares. Respecto de las propiedades, sin jerarquizar ni establecer determinantes, podemos mencionar algunas: escasas credenciales educativas; trabajadores con acceso a trabajos informales y mal pagos; condiciones de hábitat deficitarias; fuerte dependencia de relaciones de proximidad para garantizar la reproducción cotidiana; fuerte dependencia del Estado para asegurar la reproducción cotidiana; presencia de interacciones con el hábitat degradado para la obtención de insumos para la venta o el autoconsumo; fuerte dependencia del trabajo doméstico para garantizar la reproducción cotidiana; bajos ingresos monetarios.

En consonancia con el propósito jerarquizar la evidencia empírica, la materia propone incorporar un nivel de análisis específico de una estrategia fundamental de estas clases y el estudio de caso de una parte de ellas. Esto permite ampliar el conocimiento teórico sobre las clases populares, analizar cuestiones epistemológicas y metodológicas concretas para el estudio territorial e incorporar datos de producción reciente producto de investigación que habilitan interrogantes producidos en el diálogo teoría/empiría. Entonces, se hará un zoom sobre la economía popular del Conurbano bonaerense que accedió a la tierra y a la vivienda por fuera del mercado inmobiliario formal.

Sólo a partir de poner las estrategias económicas en el centro puede volver a leer su posición en el espacio urbano, como una de sus propiedades específicas en tanto ésta resulta principalmente de una práctica de intercambios sostenida en acuerdos informales al interior del propio hogar, con otros hogares y otros agentes de la economía popular, pero que no se reducen sólo a la esfera de la informalidad, cuando articulan con el Estado y devienen en destinatarios de la política pública habitacional. En esta trama conceptual se piensa al territorio como la institución primada de la economía popular.

Cabe la aclaración que este es un rasgo específico de la economía popular, dado que, en muchos trabajos, como ya se ha mencionado, se destaca la territorialización de su sociabilidad como si esta fuera también una característica específica. Se omite así que este modo de relación prima en todas las clases sociales, como ya señalan por ejemplo Berger y Luckmann al destacar la primacía de las relaciones cara a cara (y esto no se ha transformado aún con los avances tecnológicos, que facilitan el desanclaje que describe Giddens).

Desde esta perspectiva la economía popular asume un estatus complementario de la economía capitalista, lejos de ser una alternativa o un modo de resistencia. Así, se señala que, tal como el trabajo asalariado perdió preponderancia en la determinación de las condiciones de vida, el mercado pierde participación como espacio de intercambio, sin que esto signifique procesos de mayor autonomía para las personas, sino otras formas de dependencia. ¿Qué otras formas/ espacios articulan esta economía? La respuesta se encuentra en el territorio, en las matrices político territoriales, que son el ámbito de transacciones de esta economía popular, que desplaza al mercado de manera creciente, en tanto una parte cada vez más importante de los ingresos que recepta esta economía proviene de la política pública estatal.

El concepto de “matrices político territoriales” se convierte en una noción ordenadora que permite dar cuenta del sentido de muchas de las estrategias de reproducción social de los hogares de la economía popular. Estas matrices que están fundadas en el amalgamamiento del poder estatal con el de las organizaciones de base territorial, aunque con mayor frecuencia esto sucede con referentes barriales, comúnmente llamados “punteros”. Esta fusión de poderes diversos es posible a partir de las transferencias estatales de diversos tipos de capital —bienes de uso, dinero, social, simbólico— que son asignados en función de la forma que asume la articulación entre la matriz político-territorial y los hogares.

Las matrices político territoriales, aglutinan y organizan a la economía popular y el territorio lejos de ser soporte de esta economía, es, antes que nada, su institución. Mientras que, para la empresa capitalista, el mercado es el ámbito en el que se define su propia existencia, para la economía popular, mercado y territorio son dos instituciones en las que se juegan sus posibilidades de reproducción, ya que ellas no pueden depender sólo de la venta de fuerza de trabajo en el mercado y, por otra parte, el trabajo de los trabajadores de la economía popular encuentra también en el territorio sus condiciones de posibilidad. Esto significa que no es posible explicar las especificidades de las estrategias de reproducción de los hogares que ponen en práctica este tipo de economía por fuera de los territorios que ellos habitan.

Una última cuestión está presente en este programa. Se trata de una arista que comienza lentamente a constituirse en una cuestión que, acaballada entre la política y la academia, comienza a tomar cuerpo en las cuestiones que la academia construye como problemas significativos y que tiene que ver con la constitución de la economía popular como un actor político. La “clase obrera” ya no constituye una identidad colectiva representativa de estos sectores populares, referencia que se encuentra ligada a la figura de los trabajadores asalariados no profesionales, con representación política. Esa “clase obrera” o “clase trabajadora” encuentra esa representación (específica) en la representación sindical.

El sindicalismo, aún cuestionado y desprestigiado, mantiene la capacidad de ser portavoces -en el sentido que le da Bourdieu- del “movimiento obrero”. Por su parte, la economía popular es caracterizada por la territorialización de su economía y un modo particular de vinculación con el Estado cuya forma es moldeada por matrices político territoriales. Esto pone en el centro de la cuestión el papel esas de matrices en la que los referentes asumen el papel de reales asignadores de las políticas estatales y en ese sentido en los representantes/portavoces de la economía popular. Es así como en el territorio la economía popular halla su gen de clase. El pasaje de “clase en el papel” a “clase actuante” es un proceso en marcha, y por ello los avances sobre esta cuestión se asientan en el terreno de las hipótesis. Pero en ellos no puede soslayarse el análisis de las operaciones de enclasamiento que realizan los productores culturales que acumulan el mayor poder en la producción de las clases sociales (el Estado y la academia) y que en términos reales actualmente tienen por efecto el dificultar el pasaje de la economía popular de clase probable, clase en el papel, a clase.

Específicamente se opera un desclasamiento sobre la economía popular por parte de los organismos estatales que relegan a la economía popular a las negociaciones territoriales, esto es a la vez un desplazamiento efectivo de esa economía popular respecto de la “clase obrera” (entendida históricamente), ya que estos desclasados pierden también representación política y también por parte de la academia al considerar los modos de inserción ocupacional y no los aportes a la estructura productiva (o a la acumulación de plusvalor) como elemento enclasador.

Se destaca la necesidad de considerar las particularidades de las ocupaciones, que en muchos casos son específicas de la economía popular y que “se pierden en la traducción” a modalidades de categorías ocupacionales que son propias de otras clases sociales (clases que, a la vez, tienen la capacidad simbólica de definir las taxonomías que estratifican a la sociedad).

Se sostiene la propuesta de mantener una mirada crítica acerca de cómo la academia construye y enclasa a este sector social también porque cuando se analizan las clases sociales o las condiciones de estratificación social, la economía popular cae bajo el homogéneo rótulo de “informal”, situación que reviste a una multiplicidad de situaciones heterogéneas que así se invisibilizan. A esto se suma que muchas de las ocupaciones específicas y características de estos trabajadores no encuentran una “traducción” adecuada en un sistema de codificación construido desde y para otros mundos del trabajo.

Es necesario recordar siempre que formar parte del mundo de la producción científica deviene en una propiedad de una clase social constitutiva del campo del poder, aun en su condición de dominada del sector dominante. Esto significa que las categorías de análisis y clasificaciones que se utilizan como legítimamente científicas son construidas desde un lugar social determinado con un punto de vista, por definición relativo. Sin embargo, esto no siempre es considerado en los análisis de las prácticas sociales, lo que lleva a la naturalización de las propias prácticas, invisibilizándolas.